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Ferrera News

Jueves, 24 de febrero de 2005

El último de Navedo

Gervasio Menéndez, de 78 años, mantiene habitado este pueblo de Illano, aislado por el embalse de Doiras, que llegó a tener 42 vecinos

Gervasio Menéndez tiene 78 años y es el único habitante de Navedo, un pueblo de Illano aislado del mundo por el embalse de Doiras. La televisión y la radio son su único entretenimiento. Dos yeguas y un potro, su única compañía. No obstante, Gervasio no vive recluido en Navedo. Sale por la comarca y viaja a otras zonas de Asturias y de España. Pero siempre regresa. Asegura que no hay nada comparable a asomarse cada mañana a la ventana y ver su pueblo. Escuchar el silencio. Una paz que sólo se rompe los fines de semana y en verano, cuando recibe la visita de quienes aún conservan casa en Navedo.

Navedo (Illano), J. J.

«Hay que ser agradable con la vida y no al revés». Esta frase tan determinante la dice Gervasio Menéndez, el único habitante de Navedo, un pueblo del concejo de Illano al que se llega cruzando el embalse de Doiras y que dista 24 kilómetros, carretera arriba, de la capital del concejo. A pesar de esa soledad, envuelta en silencio, todas las casas diseminadas por la ladera de la montaña se encuentran numeradas en la fachada, como si se tratara de un requisito imprescindible para identificarlas.

En este caso fue la televisión la que delató la única casa en la que había vida. Gervasio respondió a la llamada con una alegría inusual. Reconoce que está acostumbrado a la soledad y asegura que no siente miedo ante la eventual presencia de ladrones.

Sorprende que un pueblo con ocho casas, todas en buen estado, en el que llegó a haber 42 vecinos, se haya ido despoblando hasta quedar Gervasio como su único morador. No obstante, tal como él mismo relata, los fines de semana y en épocas de vacaciones aparecen por el pueblo algunos propietarios que tienen en Navedo su segunda vivienda y que acuden desde sus lugares de trabajo en el centro de Asturias como forma de seguir manteniendo un vínculo con sus raíces.

Así, su vecino Tano, propietario de la casa más próxima a la de Gervasio, no tiene inconveniente en venir cada fin de semana desde su residencia habitual en Gijón, acompañado por su mujer y por su perro. Gervasio entiende que es una manera de cuidar la casa y las tierras de sus antepasados, al tiempo que disfruta de la paz del lugar y del benigno microclima que proporcionan al pueblo las aguas del embalse.

Pues bien, en este ambiente nada apetecible por la soledad pero de indudable atractivo para descargar el estrés, vive Gervasio Menéndez, envuelto en recuerdos e ilusionado con el futuro.

Tal vez su paso, a los 24 años, por Río de Janeiro, en donde se casó por poderes con una moza del pueblo, fue determinante para su afición desmedida al baile. Cómo será esa afición que el pasado mes de enero ganó en Mallorca un concurso de baile con una excursión del Imserso, lo que acredita con los diplomas correspondientes, que guarda en su casa como si se tratase del mejor tesoro. Cuenta que el concurso fue complementado con un recital de canto y con un desfile en el que llevaban una bola entre las piernas que no podían tocar con las manos y que debían pasarse unos a otros.

El pueblo debe de quedarle pequeño y necesita hacer excursiones todos los años. Así, se marcha a Luarca, a Gijón, a Ocaña, al balneario de Lugo y viaja a Mallorca y a Tenerife. De esta forma sabe dar aire a una pensión mensual de casi 700 euros. Viudo desde hace años, dice que echó una amiga en Mallorca, pero le parece difícil volver a casarse porque considera imposible que una mujer que no hubiese nacido en el pueblo pudiese aguantar en un lugar como Navedo, en el que no ha quedado nadie. Salvo los viajes al exterior, su única diversión reside en viajar a Boal los lunes al volante de su furgoneta, que le permite recorrer la zona a un precio económico.

Se desprendió de un perro a causa de sus viajes, ya que tenía que dejarle pienso y agua cada vez que se marchaba, y ahora sólo tiene dos yeguas para limpiar el monte y un potro de dos años para semental. Se deshizo también de las vacas, ante el temor a una caída en el monte, consciente de que los 78 años se dejan sentir.

Gervasio, aquella mañana, estaba haciendo la comida, «una pota de caldo para unos días», y mientras revolvía en los pucheros aseguraba no encontrarse tan solo porque tres días por semana viene a atenderlo una asistente social de Cedemonio, que le hace la limpieza y le lava la ropa. Además, dice estar conectado con el mundo por medio de una medalla de la Cruz Roja que atiende cualquier necesidad con sólo pulsar el botón, o a través del teléfono.

Gervasio es un hombre aparentemente feliz y lleva sus años tan bien que causa envidia a los que se acercan a él. A su vez, no siente envidia de nada ni de nadie, y sostiene que asomarse cada mañana a la ventana no es comparable con nada.

En ese ambiente de soledad no es de extrañar que su diversión más dinámica sea la de escuchar la radio y ver la televisión, si bien advierte que con los límites horarios debidos, ya que en torno a las once de la noche se mete en la soledad de la cama y en el silencio de la noche.

LNE #830
24/02/2005
http://www.lne.es

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